Wirth, Oswald

I wish I could fly, into the sky …

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Richard Wilhelm

Jamás comprendió bien los secretos de la cosmogonía. A pesar de sus muchas preguntas, consultas e hirientes inquisiciones, este torpe discípulo de Oswald Wirth, era incapaz de llegar a la maestría del pájaro cosmogónico, como muchos llamaban a su mentor y su guía. Su condiscípulo, Johann Wier, era también importunado por este seudocosmogónico y nunca congeniaron bien. En fin, todo en él era desagradable y fraudulento. Yo mismo le recuerdo con repulsión a pesar de que mis muchos años de vida me han dotado de una comprensión y paciencia infinitas para con los perdedores.

Oswald Wirth

Todos los días realizaba su ablución con la meticulosidad de un mahometano. Su obsesión por la limpieza era en general tan desmesurada como desconocida, incluso entre sus mejores amigos. Ya es revelador. Un día, mientras escribía el artículo sobre el ahorcado, que tantos disgustos le iba a dar después, su mano cambió de color. Corrió al lavabo y se frotó con saña. Cada intento de limpiar aquellas impurezas aumentaba la oscuridad de las manchas que cada vez se extendían más y más por su cuerpo, conquistándole palmo a palmo. Nervioso, recordó las estrellas purificadoras del ave Fénix que le habían regalado en su viaje a Egipto. De nada servía la fuerza de su magia. Inútil era también el lavado cruel a que sometió su cuerpo, ya sangrante. Respiró profundo y miró a la Luna como despidiéndose del Mundo, resignado. Cuando le encontraron en la bañera con forma de sirena lucía el sello de Salomón en su oscura mano y una serpiente le rodeaba el cuello. El libro del Tarot que Wolfram von Eschenbach – su negro– había escrito para él estaba abierto por la página 666.