Gran sacrificio 

Después de las lágrimas, crucé la puerta que lleva a los lugares —no exentos de infamia— que llevan a las bahías y ciudades de la remota muerte.

Extendí el camastro del abatimiento y me entregué al coro de pensamientos que desde las tinieblas acosaban mi mente. Y, entre ellos, recordaba que tú estuviste allí también, coronada de rosas y jacintos.