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    Etiqueta: viento

    Quid digna mulieribus

    tus labios se vuelven jabones de nácar
    que al caminar y vestir la eternidad
    de papel y suaves sopas
    sauces de la sinfónica del viento…
    que riqueza andar desvirginadas
    señala niñas que amé
    manda manifiestos muchos
    cuántas Lucha filósofos ! enviaba gustos ladridos moda antic Egipto
    . play directores
    ? quid digna chang spam-mujer

    Fabrizio Dall’Aglio. No Era La Lluvia…

    No era la lluvia, no, no era la nieve

    no era el sol no era viento, y la estación

    era sólo su reducido espacio

    un bosquejo del tiempo, una visión.

     

    No era antes, no, no era después

    no era noche ni día, se soltaba

    y unía en un intervalo vacío

    de ti, de mí, de todo cuanto había.

     

    No eras tú, no, no era yo

    no era boca ni cuerpo mano ojo

    sino perdido al fondo de su imagen

    el inútil fulgor de una mirada.

     

     

    Hotel

    Los ruidos del hotel,
    el viento que gime
    como en las lonas de un velero,
    el camarote solitario del cansado,
    el vuelo rasante
    de un helicóptero de policía,
    los pasillos sin nombre,
    y la sala de espera
    de todos los finales
    que no esperan.

    HACIENDO EL AGOSTO

    Agosto, julio , calor, siega, hoz, dedales de cuero, era, trilla, mies, parva, montones de trigo, carro, mulos, trilladora, siesta, viento, botija, almuerzo, horca, horqueta, pala, raedera, amontonar, fanega, media, sacos, sogas, acarreo, aventado, padre, tíos, abuelo, primos, dormir en la era, estrellas, cuentos, imaginación, mi mono azul vaquero,

    MI EPOPEYA RÚSTICA

    Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
    Nací pues en un pueblo de La Mancha que había recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, aún permanecía en la Edad Media. En una época más degradada y mísera aún que aquella debido a los estragos de la postguerra española. En la más oscura y profunda España, católica, apostólica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con más nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros seguían siendo un tema de conversación habitual. En donde las historias de la guerra civil aún estaban vivas y no habían cicatrizado. En donde la pobreza y la roña eran aceptadas como lo más natural del mundo. Un mundo donde no era difícil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de cíngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andalucía y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblación y despoblación, en la que también había “jaros” procedentes de Europa que Franco había traído para “repoblar” y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la España franquista, a la que no llegó la guerra pero sí sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin raíces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra periférica dejada de la mano de cualquiera que por allí pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin más novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
    De mi familia paterna sé, según contaba mi padre, que procedía de Andalucía. El primer Alfaro que, según él, había llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debió hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, vírgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversión de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quizás los últimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar más. A los catorce años se acabó mi rural y bucólica epopeya. Yo también estaba allí de paso. De paso hacia ningún sitio.

    Eolos de ciudad

    En las grandes ciudades el viento sólo entra en camiones. Esos eolos de metal que para hacerse los importantes tienen que hacer un ruido infernal con su motor para impresionar a los turistas. A veces, un convoy atraviesa a toda velocidad para demostrar que ni los trenes, esos vientos paletos que corren por el campo, pueden urbanizarse, ya que no consiguen entrar si no es por túneles, domesticados y previsibles. Sólo su chirriante y quejumbroso vocerío nos recuerda su falta de urbanidad y su brutal campestrería.

    EXT. TORRE. DÍA

    LAS NUBES son cisnes, cisnes blancos, grises o negros,
    sobre el lago azul y sereno del cielo.
    El sol es su jinete, y de las nubes, sube y baja
    con la montura celeste en que cabalga
    el monte o las montañas.
    Las nubes del monte lloran el mar sobre nosotros
    y nos devuelven, puras, las lágrimas lloradas
    por todos los vivientes.
    Mientras el frío viento las va esquilando,
    se precipitan como minúsculas banderas blancas de nieve:
    las banderas de paz de los abismos de la noche.
    La nube, aquella larga nube de plata,
    dorada también por el crepúsculo,
    es enhebrada por la torre para coser
    los abismos del cielo de la noche.
    La torre enhebra nubes, jugando entre campanas,
    esos camellos verdinegros que por la aguja
    pasan, juegan, tañen, cantan, bailan… a las almas.
    En esas nubes grises, blancas y negras
    naufragan las palabras y sus almas.
    No son ya nubes de agua o nieve,
    son nubes de palabras y de almas,
    que reman, como un Caronte de arriba,
    con el remo de la torre, y que pasan, pasan, pasan
    —pasa otra nube—
    un rebaño de nubes, de palabras y de almas.