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    Etiqueta: puerta

    Hagamos un libro

    «En nuestra familia nunca hablábamos, nos dejábamos los mensajes en la puerta de la nevera. Hasta que cumplí 18 años pensaba que mi nombre era “Cállate”. Tenía sólo dos amigas, que eran imaginarias y jugaban entre ellas. Lo más divertido era ver como mi abuela seguía enterrando a sus maridos, y alguno de ellos sólo estaba echando la siesta.
    Un día, uno de mis muchos abuelastros contemplaba como la luna se levantaba perezosamente sobre el viejo cementerio en el que yacían nueve de sus predecesores…

    RÍO ESTANCADO

    Hay un verdejo muerto
    a la orilla de un río estancado
    y las colillas de un Marlboro
    a la orilla de un río estancado
    y las hojas arrancadas de Las flores del mal
    a la orilla de un río estancado
    y las llaves oxidadas de la puerta
    a la orilla de un río estancado
    y el dibujo de las pinturas negras de mi hija
    a la orilla de un río estancado
    y la foto de madre largo tiempo enterrada
    a la orilla de un río estancado
    y las cenizas calcinantes que llevo tiznadas
    a la orilla de un río estancado
    y las lágrimas corrosivas de satán
    a la orilla de un río estancado
    y la sangre en las uñas
    a la orilla de un río estancado
    y la tortura áspera de las pesadillas
    a la orilla de un río estancado
    y el ataúd del pánico
    a la orilla de un río estancado
    y mil asquerosas moscas más
    a la orilla de un río estancado.

    MORFEO

    Hoy he visitado dos casas inhabitables y sus almas vacías. LAS CASAS Y LAS ALMAS.
    La primera es una casa con planta en forma de L que tiene una salida a calles diferentes en cada uno de sus extremos. La casa tiene innumerables habitaciones y pasillos que forman un laberinto difícil de recordar. Hay estancias secas y oscuras pero también las hay húmedas y luminosas, con patios interiores soleados o lluviosos. Sus dos fachadas son viejas y resquebrajadizas. Una de ellas da al campo y se sale por un rústico y viejo portón de madera. La otra fachada da a una calle de ciudad de provincias y su puerta es de madera o hierro, según los días, aunque es de una apariencia mediocre. Es incómodo vivir en ella porque está casi vacía de muebles, desconchada y polvorienta. Tan solo una pequeña parte se usa. El resto es visitada ocasionalmente por dos de los tres moradores: padre, madre e hija. Únicamente la niña recorre con frecuencia los lugares más alejados e inhóspitos y conoce todos sus rincones y laberintos. El padre solo se atreve a recorrerla con su hija por miedo a perderse, aunque se siente atraído por sus enormes posibilidades y le agradan especialmente esos abandonados jardines y patios con galerías acristaladas a los que llega la luz y las nubes. La madre no sale nunca de los dos o tres cuartos principales que dan a la ciudad.
    La segunda casa es redonda y alta, con forma de cúpula y una indescriptible arquitectura de estancias interiores. La cúpula está recubierta por una única y continua estantería de libros imposibles de alcanzar ni leer. Nada tiene una función concreta en este alojamiento: se puede dormir, cocinar o bailar, de forma indiferente, en cualquiera de sus múltiple rincones. Aunque hay muros, vigas y escaleras… la separación entre espacios nunca es total ni resulta evidente. A veces se tiene la sensación de que los elementos arquitectónicos cambian a capricho y con desasosiego para algunos de sus habitantes y visitantes. Otros, en cambio, parecen acostumbrados a los cambiantes designios de la mansión. No se sabe si los vanos exteriores son puertas o ventanas. Por cualquiera de ellos se puede entrar y salir. Incontables personas, cada cual más extraña, entran y salen continuamente. Hay gente que vive allí siempre, en su recodo imposible y otros que entran tan solo a curiosear y marcharse. Se cuentan por centenas los cachivaches inútiles que la adornan y a los que los habitantes intentamos encontrar una utilidad para satisfacer una perentoria necesidad del momento: freír un huevo frito con un disco; oler las noticias en un tintero; escuchar música con unas gafas sin cristales; fabricarnos un reloj digital con una caja de cuchillas de afeitar o un smartphone con lo que parecen las pastillas de freno de un coche.

    A MI HERMANO ANICETO

    La luz terca y cansina de las siestas de La Mancha. Todo está sumergido en el formol del pasado, viejas que debieron morir hace mucho tiempo, cosen y rumian sus rezos a las puertas de las casas. La luz familiar de estas calles es la que se prende a los ojos y a la sangre, al polvo dinástico de las cosas. La luz amniótica que pasa como un río silencioso, hermanando orillas, lamiendo la piedra de las tapias, las ventanas enclavadas. La luz detenida de las cinco de la tarde, detenida en los relojes, en los olivos, en esos cerros comidos de intemperie, en el luto totémico y lustral de los arcángeles, en el bronce tullido de las torres pregoneras. Y cómo no pensar en la muerte bajo este sol tan familiar, tan aburrido, tan obstinadamente infancia. Esta luz ni tan siquiera encuentra una puerta abierta, una sombra en la que refugiarse, una casa en la que arder reconocida. Bajo este sol, vienes a enterrar al padre del amigo.

    El viento y la hoja Ya nace de…

    El viento y la hoja
    Ya nace de la nada un suave viento,
    y tiembla una hoja allá en la fina rama,
    va extendiendo la sombra sutil trama,
    sobre una tierra llena de cemento.
    Del aire nace presto ese lamento,
    que va con la mañana cuando llama,
    en la puerta del patio aquel que clama,
    que el viento le ha robado todo aliento;
    ha de surgir mas tarde la respuesta
    al temblor de la hoja, un triste verso
    ha de escribir el viento en su gran fiesta;
    sobre el cemento sombras de un perverso,
    se mueven agitadas sin propuesta,
    y tiembla la hoja frente al universo.
    el 5/6/12 J.LL.Folch
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