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    Etiqueta: noche

    Noche sin ojos

    Acaríciame, noche sin ojos
    Bacante surgida de mi sombra
    ¿Cómo puedes reparar un corazón roto?
    Así en el amor me entrego, querida
    Nada, amor, significa mucho
    Si no tiene ese sombreado swing
    No tiene que ser una gran estrella
    Mi chica está en el dulce paraíso
    Algún día estaremos latiendo al unísono
    En el oscuro camino del sol

    Tu espacio para navegar

    Todas mis inseguridades, todas mis aristas nunca me hicieron parpadear ni una sola vez. Me rendiría para siempre por tocarte, porque sé que me sientes de alguna manera. Eres lo más cercano al cielo que nunca estaré y no quiero irme a casa ahora mismo. Estoy pensando en ti, en mi insomne soledad de esta noche. Si está mal amarte, entonces mi corazón simplemente me ha dejado sin razón. Podría hacerte feliz, hacer tus sueños realidad. Nada hay que yo no haría. Ve a los confines de la tierra sentada en el sol para que te haga sentir mi amor. Y cuando necesites tu espacio para navegar un poco, estaré aquí esperando pacientemente para que me encuentres. No me rendiré.

    Nuestro amor

    Nuestro amor está aquí para quedarse

    Noche y día, como el Blues de la autopista

    Ando por ahí, y me concentro en ti

    Aprendiendo el azul es fácil amar

    Esta vieja y negra serenata mágica

    Nuestra brumosa alma brilla con oxidado atardecer

    Bendice Dios el Blee Blop Blues

    Habla profundo mi corazón debajo del pino

    Cuenta la sangre tan suave, tan suave, tan suave

    ¿Dónde o cuándo puede alguien explicarlo?

    Fabrizio Dall’Aglio. No Era La Lluvia…

    No era la lluvia, no, no era la nieve

    no era el sol no era viento, y la estación

    era sólo su reducido espacio

    un bosquejo del tiempo, una visión.

     

    No era antes, no, no era después

    no era noche ni día, se soltaba

    y unía en un intervalo vacío

    de ti, de mí, de todo cuanto había.

     

    No eras tú, no, no era yo

    no era boca ni cuerpo mano ojo

    sino perdido al fondo de su imagen

    el inútil fulgor de una mirada.

     

     

    DEBORAH

    Si tienes miedo, busca protección,
    en mi lado izquierdo, el del corazón.
    Si arde tu cuerpo, pon mi mano en él
    y traza un dibujo de agua en tu piel.
    Si estás cansado, duerme junto a mí:
    cuando te despiertes, yo seguiré aquí.
    Pero por la noche no digas: te quiero,
    que desnudo es fácil parecer sincero.
    Espérate al día para que se pueda
    disipar la niebla y ver lo que queda.

    ZARATUSTRA

    Atravesando el caos
    con amores ridículos
    cantó la noche un alma
    aullando la impudicia.
    Amaré lo que soy,
    dicho sea de paso.
    Así habló Zaratustra,
    profanador del todo,
    tan risible como arrogante
    en el agua encallada.

    NUBE CAÍDA

    Como una seráfica y caída sombra,
    Sin uñas, ni universo, ni vigorosa vida,
    Hoy sucumbe al dudoso mundo de Neptuno,
    Sin luz, ni realidad, ni gozoso deleite,
    Desvanecida bruma, caída en el abismo.
    Entre informes figuras de ignorado engrudo,
    Sin humo, ni manos, ni música de muerto,
    Yace, bajo la imagen inferior del infinito,
    Sin cielo, ni dragón, ni erótico suspiro,
    Dormida en noche, una invencible nube.

    MI EPOPEYA RÚSTICA

    Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
    Nací pues en un pueblo de La Mancha que había recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, aún permanecía en la Edad Media. En una época más degradada y mísera aún que aquella debido a los estragos de la postguerra española. En la más oscura y profunda España, católica, apostólica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con más nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros seguían siendo un tema de conversación habitual. En donde las historias de la guerra civil aún estaban vivas y no habían cicatrizado. En donde la pobreza y la roña eran aceptadas como lo más natural del mundo. Un mundo donde no era difícil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de cíngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andalucía y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblación y despoblación, en la que también había “jaros” procedentes de Europa que Franco había traído para “repoblar” y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la España franquista, a la que no llegó la guerra pero sí sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin raíces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra periférica dejada de la mano de cualquiera que por allí pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin más novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
    De mi familia paterna sé, según contaba mi padre, que procedía de Andalucía. El primer Alfaro que, según él, había llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debió hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, vírgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversión de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quizás los últimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar más. A los catorce años se acabó mi rural y bucólica epopeya. Yo también estaba allí de paso. De paso hacia ningún sitio.