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    Etiqueta: Miel

    Vino aromático

    Una cucharada de ajenjo o artemisa
    Cuatro anises estrellados
    Tres ramas de canela
    Una pizca de cardamomo
    Tres o cuatro clavos
    Corteza de naranja y de limón
    Media cucharadita de genciana
    Una punta de cuchillo de jengibre
    Flores de manzanilla
    Un vasito de miel
    Un puñado de salvia
    Tres ramas de vainilla
    Y un litro de vino mejorable.

    MI EPOPEYA RÚSTICA

    Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
    Nací pues en un pueblo de La Mancha que había recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, aún permanecía en la Edad Media. En una época más degradada y mísera aún que aquella debido a los estragos de la postguerra española. En la más oscura y profunda España, católica, apostólica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con más nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros seguían siendo un tema de conversación habitual. En donde las historias de la guerra civil aún estaban vivas y no habían cicatrizado. En donde la pobreza y la roña eran aceptadas como lo más natural del mundo. Un mundo donde no era difícil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de cíngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andalucía y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblación y despoblación, en la que también había “jaros” procedentes de Europa que Franco había traído para “repoblar” y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la España franquista, a la que no llegó la guerra pero sí sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin raíces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra periférica dejada de la mano de cualquiera que por allí pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin más novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
    De mi familia paterna sé, según contaba mi padre, que procedía de Andalucía. El primer Alfaro que, según él, había llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debió hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, vírgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversión de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quizás los últimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar más. A los catorce años se acabó mi rural y bucólica epopeya. Yo también estaba allí de paso. De paso hacia ningún sitio.

    Tango

    Triza su saliva los húmeros, los dientes,
    arrabal de la sangre,
    brujulean los dedos de su lengua
    buscando las farolas de mis ansias.

    La luz nace de lo hondo,
    el sol, de los abismos,
    la noche, de los peces de su caliz.

    En sábanas de azúcar
    y madrigales de miel
    duerme mi amor.

    Tango

    Triza su saliva los húmeros, los dientes,
    arrabal de la sangre,
    brujulean los dedos de su lengua
    buscando las farolas de mis ansias.

    La luz nace de lo hondo,
    el sol, de los abismos,
    la noche, de los peces de su caliz.

    En sábanas de azúcar
    y madrigales de miel
    duerme mi amor.

    Multitud

    –Permíteme que te cuente, estimado Ahasvero, porqué vivo en la calle, buscando siempre alguna multitud aglomerada y atronadora. Yo era muy joven entonces y un día asistí a un concierto en Las Ventas. Ya ni siquiera recuerdo quién actuaba. En mi memoria sólo se ha fijado este hecho que te voy a contar. Aquel día en la plaza no cabía ni un suspiro. En medio de aquella abigarrada multitud una cálida mano se introdujo dentro de mi falda. Hábil e inexplicablemente me rodeó con su brazo y dio un giro a la misma, dejando su abertura hacia atrás. Primero sentí miedo, pero aquella suave y tibia mano no parecía buscar otra cosa que mi posterior regocijo. La muchedumbre no me permitía moverme y me dejé hacer, vencida por la sensual caricia que esa mano me propiciaba a través de la abertura de mi minifalda. Pronto me inundó un ardoroso estremecimiento. Enlatada en medio de aquella humanidad, empecé a sentir aquel enorme paquete en la abertura de mi falda, deslizándose suavemente, apartando mis bragas como un ariete, duro, ardiente e imparable. Yo palpitaba como un gazapo atrapado pero voluptuoso y lúbrico. Sentí como aquel inflamado y duro pichón comenzó a estremecerse dentro de mí al atávico ritmo de la música. Yo le atrapaba entre mis labios para no dejarle escapar hasta que ambos estallamos vertiendo nuestra inesperada, cremosa y acalorada miel de juventud. Desde entonces, en que gané mi frenético desvirgamiento, amo las multitudes y los conciertos…
    – ¿¡Cómo has podido olvidar, queridísima callejera, aquella música, aquel sublime primer concierto de tu inaugural desvirgar vital en que los Beatles tocaron magistralmente I Want To Hold Your Hand y Come Together mientras te fundías con la multitud y eras atravesada por aquel desconocido falo!?
    – ¡Eh, eso no te lo he contado, era mi secreto, ¿Cómo lo sabes!?
    – Permíteme que te cuente, mi amadísima melómana, Lady Madonna. Yo tenía casi 20, como tú, pero no eran años, sino siglos, y estaba detrás de tí… and I Can’t Work It Out Of You, Penny Lane.