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    Etiqueta: lugar

    Puede…

    Puede que no tenga el tacto suave.

    Y aunque no parezca mucho,

    puedo darte lo mejor de mi.

    Soy todo tuyo, pibón de la oficina.

    Eres todo lo que quiero.

    Cuando estás recostada en mis brazos,

    me cuesta creer que no estemos en el cielo.

    El cielo es un lugar en la tierra contigo.

    Tal vez no sé mucho

    pero sé que esto es cierto:

    el cielo me ha bendecido

    por ser amado por ti.

    Cuando ríes…

    Cuando te ríes, todo el mundo se detiene y mira un rato, porque eres increíble tal como eres.

    Mira las estrellas, mira cómo brillan por ti y todo lo que haces, como si fueran Pléyades.

    Porque todo mi yo ama todo de ti.

    Ama tus curvas y tus aristas, todas tus perfectas imperfecciones.

    Algo en la forma en que te mueves me atrae como ningún otro amante.

    Algo en la forma en que me amas.

    Porque, amor, tu alma nunca podría envejecer, es de hoja perenne y, amor, tu sonrisa siempre estará en mi mente y en mi memoria.

    Seré el mayor fan de tu vida.

    No puedo evitar mirarte, porque veo la verdad en algún lugar de tus ojos.

    Sigues siendo a la que pertenezco, sigues siendo la que quiero de por vida.

    MI EPOPEYA RÚSTICA

    Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
    Nací pues en un pueblo de La Mancha que había recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, aún permanecía en la Edad Media. En una época más degradada y mísera aún que aquella debido a los estragos de la postguerra española. En la más oscura y profunda España, católica, apostólica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con más nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros seguían siendo un tema de conversación habitual. En donde las historias de la guerra civil aún estaban vivas y no habían cicatrizado. En donde la pobreza y la roña eran aceptadas como lo más natural del mundo. Un mundo donde no era difícil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de cíngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andalucía y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblación y despoblación, en la que también había “jaros” procedentes de Europa que Franco había traído para “repoblar” y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la España franquista, a la que no llegó la guerra pero sí sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin raíces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra periférica dejada de la mano de cualquiera que por allí pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin más novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
    De mi familia paterna sé, según contaba mi padre, que procedía de Andalucía. El primer Alfaro que, según él, había llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debió hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, vírgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversión de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quizás los últimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar más. A los catorce años se acabó mi rural y bucólica epopeya. Yo también estaba allí de paso. De paso hacia ningún sitio.

    Sorprendido veo día tras día como la meditación…

    • Sorprendido, veo día tras día como la meditación va calando y en aumento en nuestra sociedad. No se pierde tiempo en ningún momento del día para ejercerla, por ejemplo conduciendo; se llega al semáforo y muchos son los que bajan sus miradas para meditar, y ahí se quedan largo rato, parados aunque el semáforo ya nos de paso, hasta que algo o alguien con un sonoro claxon les saca del letargo, de tan absortos como estaban con su mente en otro lugar.
    • Ah!! No, que me dices que no, que no es meditación, que es que están mirando el whatsaap…Ya me extrañaba a mí esta evolución reflexiva de la gente.

    ¿Se pueden inventar verbos?

    “¿Se pueden inventar verbos? quiero decirte uno: yo te cielo, así mis alas se extienden enormes para amarte sin medida.
    Siento que desde nuestro lugar de origen hemos estado juntos, que somos de las misma materia, de las mismas ondas, que llevamos dentro el mismo sentido. Tu ser entero, tu genio y tu humildad prodigiosas son incomparables y enriqueces la vida; dentro de tu mundo extraordinario, lo que yo te ofrezco es solamente una verdad más que tú recibes y que acariciará siempre lo más hondo de ti mismo. Gracias por recibirlo, gracias porque vives, porque ayer me dejaste tocar tu luz más íntima y porque dijiste con tu voz y tus ojos lo que yo esperaba toda mi vida”.

    • Frida Kahlo a Carlos Pellicer. Noviembre de 1947.